En este caso el dilema que enfrentamos consiste en permitir que corten nuestra historia y que así, censurada, aparezca en un periódico de gran tiraje o publicar la historia completa en una revista para quinientos lectores. Siempre tendremos estas tensiones éticas en nuestra conciencia, que nos harán preguntarnos cómo conviene actuar en estas condiciones.
En los países donde existía la censura, el sistema proveía la solución al dilema: se permitía publicar estas historias, verdaderas y completas, solamente en revistas de escasa tirada. Podíamos publicar todo, con una única condición: que no se editaran más de cien ejemplares. Cuando un periodista traía una crónica a un periódico de gran tiraje, la oficina de censura le decía: "Señor, eso no se puede publicar aquí. Pero lo puede publicar en una revista pequeña".
Es cierto que, si cortamos la historia, faltarán ciertas cosas; pero cosa mucho más valiosa aparecerá en un periódico de gran tiraje. El impacto de esa historia, aun publicada parcialmente en un medio importante, será más grande que si saliera con toda su verdad en una revista que muy poca gente va a leer.
La mayor satisfacción siempre se encuentra al escribir todo lo que se quiere, pero no siempre nos está permitido. En esos casos, tenemos que calcular qué será mejor para el bien común, para la opinión pública, y para la causa misma de
Mientras más grande sean el periódico, el canal de televisión y la estación de radio, mayor será
¿Qué puede contar acerca de sus propios enfrentamientoscon la censura, y de la manera en que se resolvieron?
La censura fue muy dura para los periodistas que trabajamos durante el comunismo, pero con los años aprendimos a engañarla. Por otra parte, hubo momentos en los que, debido a las luchas internas del partido gobernante, surgieron algunos grupos más liberales, que permitieron periodos en los cuales se pudo escribir más. Pero para los corresponsales extranjeros la situación fue distinta, porque a la dictadura le interesaba saber lo que pasaba en el mundo, de manera que escribíamos toda
Los periodistas de agencia escribíamos todo, desde Africa, América Latina o cualquier otro lugar del mundo. Enviábamos las noticias a la central en mi caso, a Varsovia y allí se realizaba una división de lo que habíamos escrito: una parte, autorizada, se publicaba; la otra se imprimía en boletines especiales, que no se vendían en la calle sino que llegaban a un reducido grupo de dirigentes. Esta selección tenía lugar fuera de nuestra conciencia y nuestra participación.
La censura tiene una historia larga, con matices para contar porque no todos los países comunistas la tuvieron de modo formal. En
El partido gobernante mandaba a su gente a los puestos de jefes de redacción y ellos, de modo práctico, ejercían el rol de filtro. Muchos rusos aprendían polaco para leer nuestra prensa, porque comparada con la de ellos era libre. Incluso en la década de 1980, durante la época del movimiento Solidaridad, nuestra prensa fue prohibida en
No fue fácil trabajar bajo el régimen socialista. Polonia era un país más pobre que Checoslovaquia o Hungría, y para balancear esa situación teníamos más libertad, aunque la censura existía de forma institucionalizada. Digamos que sabíamos engañar al sistema. Por ejemplo, cuando publiqué El Emperador que inicialmente salió por entregas en el seminario literario del periódico los lectores creyeron que se trataba de una alegoría del poder del Comité Central. En ese momento existía una ley por la cual una vez que el texto pasaba por la censura no podía volver a ser censurado: al publicarlo por entregas, El Emperador se convirtió en pedazos muy inocentes, que sólo al aparecer en conjunto, como libro, se revelaron muy críticos de la clase gobernante. Pero como ya había pasado por la censura para su publicación en el diario, el texto no podía ser sometido a escrutinio por segunda vez. De todas maneras, la censura encontró un método para atacar este libro: limitar su circulación.
Hubo otras obras literarias muy críticas que fueron publicadas como ejemplos: para demostrar al mundo occidental que en el país conocíamos la libertad de expresión. En esos casos, la censura permitió un tiraje de cien a quinientos ejemplares. De esa manera, no se podía decir que los libros no habían podido ser publicados; al mismo tiempo, en la práctica ningún lector podía acceder a ellos.
Algunos temas no se podían tocar. Por ejemplo, no se podían ofrecer miradas críticas sobre temas de
Distintos factores determinaban los límites y las posibilidades de nuestra labor: el tiempo, el método, el tema. Los que trabajamos en el sistema sabíamos más o menos cómo escribir en ese ambiente. Los periodistas y escritores no vivíamos en un mundo oscuro de censura, sino en un conflicto permanente, una lucha constante por el derecho a publicar algo de la verdad.
Por eso creo que la peor experiencia de aquellos tiempos fue la autocensura.
Tomado del libro Los cinco sentidos del periodista, editado en México en 2003 por el Fondo de Cultura Económica y reproducido bajo su autorización

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